Giovanni levantó la cabeza de la almohada donde estaba enterrada, con una sonrisa de satisfacción.
—¿Trajiste la miel de…? ¿Qué pasó? —sus cejas se fruncieron mientras miraba su cara torcida.
Regina sacudió su cabeza, dejando la caja en su escritorio.
—Nada, estoy bien — consiguió decirlo.
Giovanni se sentó, su sonrisa estaba transformada en un ceño fruncido.
—No lo estás. ¿A quién le doy una paliza? — le preguntó, tronándose los nudillos.
Regina no sonrió como lo esperaba.
—A nadie, estoy bien