85. Celos, malditos celos
Javier ni siquiera se molestó en estacionar el auto cuando llegaron al club. El dueño, un hombre de traje impecable y sonrisa fácil, salió a recibirlos en persona.
—¡Javier, Cassandra! Bienvenidos —exclamó, estrechando la mano de él con entusiasmo y besando a su hermana en ambas mejillas. Sus ojos se posaron en ella, evaluándola con interés.—. ¿Y quién es esta belleza?
—Andrea García —dijo Cassandra silenciando la intención de Javier al responder e ignorando su mala cara—. Una amiga muy querida