Arianna
Aquiles sonrió y me rodeó la cintura con el brazo. Me estrechó contra su pecho. Olía de maravilla. Aquiles sudado, con mi aroma en su piel, era mi perfume favorito.
Me peinó con los dedos y enroscó un mechón entre ellos.
Mis ojos comenzaron a cerrarse nuevamente, hasta que el móvil comenzó a sonar en la mesa de noche que se encontraba a mi lado de la cama.
—Apágalo por favor… —Le pedí, apoyando mi rostro en su piel sudada —. Creo que le pediré un día más a mi jefe. Todavía, no es