Laura apretó los puños inconscientemente, sus uñas se clavaron en sus palmas, pero ni siquiera sintió el dolor.
Cerró los ojos, intentando visualizar las escenas de violencia doméstica: muebles destrozados, un cuerpo cubierto de heridas y esos ojos llenos de terror sin escapatoria. Además de la violencia física, el hombre también había sido infiel, una cruel destrucción psicológica que pisoteaba a la víctima.
Esta traición fue la piedra final que derrumbó las últimas defensas en el corazón de la