—¡Estás loca! —gritó Samuel, mordiendo el brazo de la mujer cuando el dolor lo hizo palidecer.
Le había apretado tan fuerte que casi le rompe la muñeca. Pensó que menos mal que había sido él y no la pequeña niña —¡cuánto le habría dolido a ella!
—¡Abril, ¿quién te enseñó a morderme y a insultarme?! —la mujer agarró la cara de Samuel, mirándolo con ferocidad—. ¡Discúlpate ahora mismo o te encerraré en el cuarto oscuro!
Samuel comenzó a llorar fuertemente. —¡Socorro! ¡Esta señora loca quiere matar