Al acercarse, Miguel notó de inmediato que algo no estaba bien. Se sentó al borde de la cama y se inclinó para tocarle la frente. La encontró empapada en sudor, aunque sin rastros de fiebre.
—Laura, ¿qué te sucede? ¿Dónde te duele? —preguntó con preocupación.
No entendía cómo podía haberse puesto así tan rápido, cuando hacía apenas unos minutos, al bajar las escaleras, se encontraba perfectamente bien.
Al escuchar su voz, Laura se acurrucó instintiva contra él.
—Miguel —susurró débilmente—, me d