—Esto es absurdo —reclamó Libi a lo lejos, sentada del otro extremo de la larga mesa de Irum.
Sin exagerar, los separaban al menos cinco metros.
—No es absurdo —espetó Irum desde el otro lado del mundo—, es strogonoff.
Esperó a que Libi riera. Él no solía hacer bromas y cuando las hacía, nadie se reía. No sabía por qué.
—¿Por qué tengo que sentarme acá? —siguió reclamando ella.
—Porque eres mi única invitada y tu lugar debe ser equivalente al mío, un lugar de honor. Así funciona el protocolo.