Lucy, convertida en una fiera iracunda, se abalanzó sobre Irum en pos de despedazarlo.
—¡Hijo de perro, infeliz!
Las puntas de sus dedos alcanzaron a rozarle la mejilla en un intento de bofetada.
—¡No, Lucy! —Libi la sostuvo y empezaron un forcejeo.
—¡Suéltame, que lo mato!
—¡Él no hizo nada!
—¡No lo defiendas! —exigió Lucy—. ¡No te atrevas a defenderlo! —estiró un brazo por entre los de Libi y jaló del cabello de Irum hasta hacerlo gritar.
—¡Suficiente! —exclamó Irum—. Yo no la he tocado. P