Libi pintaba en su taller, allí había estado desde que dejara la cama, a eso de las cinco de la mañana. Lo poco que dormía lo atribuía ella a la falta de cansancio, Irum no la dejaba hacer nada.
Él llegó a darle los buenos días con un beso en el cuello y una caricia en el vientre.
—Se me acabó la pintura negra, debo ir a comprar más.
—María Concha te traerá lo que necesites.
—Necesito respirar aire fresco, me gustaría llevar a Canela al parque.
—Nuestro patio mide varias hectáreas, puedes pase