La mujer se sorprendió de ver al niño en su puerta. Irum Klosse, el hijito de papá, demasiado rico y engreído como para poner un pie por allí. Se decepcionó al mirar en todas direcciones y confirmar que estaba solo.
—Él se fue y dudo que le importes. Nadie le importa realmente, salvo él mismo. Tú tampoco me importas, pero tu hijo sí —le dijo el niño.
La mujer sonrió con burla y se llevó la botella de vino que cargaba a la boca. Tenía los labios teñidos de tanto beber. No eran ni siquiera las