Irum abrió la boca cuando la cuchara se acercó lo suficiente y recibió una porción insípida de algo que parecía un puré de verduras. Él, con su fino paladar acostumbrado a las más exclusivas delicias ahora comía algo digno de un bebé, que no podía quejarse de la ausencia de sabor y consistencia.
La humillación era un trago amargo que tenía atravesado en la garganta.
—Así, muy bien. Una más —dijo la enfermera, llenando otra vez la cuchara.
—Deje de decir eso, no soy un bebé —reclamó él, lucha