«¿Sorpresa?», se preguntaba Irum luego de recibir aquel mensaje. No había manera en que ella pudiera sorprenderlo cuando su actuar completo era al amparo de las directrices que él dictaminaba para ella, del mismo modo en que un programa de computadora no podía sorprender a su programador.
Pese a ello fue a verla, le hacía falta una reprimenda por salirse del «guion» y contactarlo cuando era él quien debía contactarla.
Contra todo pronóstico y luego de cuatro años viviendo en la insustancialida