Temblando, con el sudor enfriándose en su piel y sobre un charco de vómito en el baño del primer piso se despertó Irum. A sus analgésicos había añadido unas píldoras nuevas, milagrosas, lo mantenían entero después de sacudirlo un poco, pero aliviaban los dolores con efectividad, que era lo importante.
Molió la mitad de una y la puso en el desayuno de Libi, ella también merecía sentir el magnífico alivio que causaban. La huelga de hambre no le duró mucho a Libi y se lo comió todo, incluyendo la