Las pruebas estaban frente a mí. Dos líneas rosas, claras, firmes, innegables. Me mantenía sentada en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas recogidas. Tenía los brazos cruzados sobre las piernas y la barbilla hundida entre los codos, como si esa postura pudiera ofrecerme el refugio que no encontraba en ningún otro sitio. El aire me sabía a encierro, y la respiración, aunque pausada, era pesada, como si inhalar y exhalar se hubiera convertido en un acto herc