Dormí poco y mal. El reloj marcaba las 5:42 de la mañana cuando me rendí ante el insomnio. Había dado vueltas en la cama como si pudiera revolver las ideas hasta ordenarlas, pero nada parecía encajar. Todo en mi mente eran piezas sueltas de un rompecabezas sin marco: los registros de acceso, la actitud extraña de Adrián, la ausencia de Emma, los silencios cálidos de Xander y su frialdad en el momento siguiente. Y mi corazón, también fuera de lugar, latiendo con un ritmo que ya no obedecía a lóg