Al salir de la oficina, la noche se sintió más pesada de lo habitual. No quería regresar sola a casa. El departamento me parecía demasiado silencioso, demasiado amplio, como si los ecos de mi incertidumbre fueran a perseguirme por cada rincón. Xander caminaba a mi lado, sin decir nada, con las manos en los bolsillos y la mirada al frente.
—¿Te llevo a tu casa? —preguntó en voz baja, sin mirarme.
Dudé. Por un segundo asentí con la cabeza, más por reflejo que por convicción.
—Sí... mejor llévame