Dormí apenas tres horas. O tal vez fueron dos. No lo supe con certeza porque, cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Xander volvía a instalarse en mi mente como una sombra tibia. No su cuerpo sobre el mío. No sus manos. Sino su mirada. Esa mirada que había evitado toda la noche pero que ahora me perseguía como un eco silencioso.
Me revolví entre las sábanas sin encontrar posición. Había sudado, había llorado, y ahora solo quedaba esa extraña mezcla de vacío y sensibilidad extrema. Todo mi c