El mensaje de Adrian no tardó en llegar.
Apenas pasaron unos segundos desde que le escribí y ya tenía su respuesta en la pantalla, como si estuviera con el teléfono en la mano esperando que me quebrara.
“Ivy. Escúchame bien. No entres en pánico. No hagas nada impulsivo. Te voy a sacar de ahí.”
Sentí cómo el corazón me golpeó el esternón. No por miedo. Por rabia. Por lo descaradamente familiar que sonaba. Ese “te voy a sacar de ahí” venía de años atrás. Cuando uno de mis profesores universitarios