Los días que siguieron fueron un infierno helado, uno que yo mismo había construido ladrillo a ladrillo. Cada mañana me despertaba con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza: “¡Además, todavía ni siquiera sé si realmente quiero tenerlo!”. La frase era una herida abierta, un recordatorio constante de que la única cosa en el mundo que había empezado a desear con una ferocidad que me asustaba, para ella era solo una duda.
Así que levanté un muro. Un muro de hielo, impenetrable y frío. Era m