Estuve llorando hasta que sentí que me quedaba sin lágrimas. El llanto era incontrolable, espeso como barro, denso como el miedo. No sabía en qué momento había empezado exactamente, pero sí recordaba la sensación de vacío que me había impulsado a dejarme caer sobre la cama, a acurrucarme con las rodillas al pecho, a buscar refugio en una oscuridad que no ofrecía consuelo. El cuerpo me temblaba, las manos se aferraban a la sábana como si de ella dependiera no caer más hondo.
Los pensamientos era