Cruzar la frontera invisible hacia El Límite fue como sumergirse en agua sucia. El aire, antes fresco y con olor a pino, se volvió espeso y rancio, una mezcla nauseabunda de humo de leña barata, sudor sin lavar, carne podrida y la desesperación metálica de la pobreza. El silencio del bosque fue reemplazado por una cacofonía de miseria: el martilleo de un herrero, el grito de un mercader, el llanto agudo de un niño y el murmullo constante y bajo de cientos de conversaciones resentidas.
Me moví e