La ira recorrió sus venas como un fuego embravecido.
—Ni se te ocurra acercarte a ella —advirtió con voz baja y amenazante—. Te enviaré de vuelta a la cárcel.
Lionel fingió temor.
—Oh, vaya, qué miedo tengo. No me atrevería a molestarte. Pero sabes, vendrás a verme muy pronto de todos modos.
Beth hizo una mueca de evidente asco.
—En tus sueños —espetó—. Ya no eres parte de esta familia. No me importan tus problemas. Si debes dinero, es asunto tuyo, no mío.
—Sí, sí, lo sé —se mofó Lionel—. ¿Por