La habitación era un espacio lúgubre y claustrofóbico, impregnado de un olor a moho y descomposición. Bidones de aceite vacíos y cajas de cartón se apilaban desordenadamente en las esquinas, y la pintura descascarada de las paredes acentuaba la atmósfera decrépita del lugar. Beth no tenía idea de dónde se encontraba.
—¡Auxilio, ayuda! —gritó, y su voz resonó en el espacio vacío.
—¡Deja de gritar! —tronó una voz áspera, y Lionel apareció en el umbral. El miedo paralizó a Beth mientras retrocedía