Alexander forcejeó con los seguros y finalmente logró abrir la puerta del coche. Con la ayuda de Gary, salió a trompicones; sentía las piernas como si fueran de gelatina.
Gary lo guio hasta su propio vehículo y lo acomodó con cuidado en el asiento del pasajero.
—Te llevaré a mi casa. Aguanta un poco y estarás bien —le aseguró.
Alexander hizo una mueca, entrecerrando los ojos para ver con más claridad el rostro de Gary. La incertidumbre nublaba su mente.
—¿Estás seguro?
Dudaba de que fuera una b