El desayuno transcurrió bajo un silencio extraño, casi pesado. Nadie decía nada y solo se escuchaba el choque de los cubiertos contra los platos. Sentía cada movimiento amplificado, como si todos pudieran oír el latido acelerado en mi pecho.
Traté de comer sin levantar la vista, pero entonces, la voz de Edrik rompió el silencio.
"¿Dormiste bien?" preguntó con un tono fingido.
Sentí como la sangre me subía al rostro. Sabía exactamente a qué se refería, o más bien, con quién. Me mordí la lengua,