—¡Vamos, mi pequeño oso, un paso más! Cruza la alfombra, tú puedes hacerlo solo —excló Angélica, arrodillada sobre el suelo de madera de la residencia en Kazán, extendiendo los brazos con una enorme sonrisa mientras animaba al niño con aplausos suaves e intermitentes.
El pequeño Pavel vio a su mam