—Si sigues durmiéndote bajo el sol con tan poca ropa, voy a tener que llevarte adentro antes de que el mar me ponga celoso, conejita.
La voz grave de Vincent rompió el suave murmullo de las olas que azotaban a pocos metros de la orilla. Benett abrió los ojos despacio, parpadeando con pereza ante la