Caine
No llamé a la puerta. No lo necesitaba, o mejor dicho, no quería.
Los guardias se enderezaron en cuanto me vieron. Uno de ellos se acercó para abrir la puerta, pero la empujé yo mismo. Necesitaba sentirla bajo mi mano, necesitaba recordar que yo era quien la había cerrado.
Un leve crujido resonó a mi alrededor al abrir la puerta. La habitación estaba más fría que el pasillo. El aire se sentía viciado e impoluto. Una sola ventana dejaba entrar una fina franja de luz pálida que cruzaba el s