Reina
Creía que no me quedaba nada que no me doliera, pero Caine me demostró lo contrario en cuanto me metió en la ducha. El baño ya era una tumba húmeda de vapor, el aire tan denso que me tragaba el aliento. Abrió el agua sin previo aviso, y las punzadas de calor abrasador que me golpeaban la piel hipersensible casi se convirtieron en papilla en cuanto me metió bajo el chorro.
No usó una toallita. En su lugar, usó las manos. Empezó a "limpiarme", pero no había nada de delicadeza en ello. No ex