Reina
El trabajo estaba diseñado para destrozarme. Lo comprendí en la primera hora, y para la segunda, me temblaban tanto las manos que apenas podía sostener las herramientas. La fregona se resbalaba al suelo más veces de las que podía contar; por mucho que lo intentara, no podía mantener la escoba en posición vertical. En un momento dado, si no hubiera tenido cuidado, créanme que la aspiradora podría haberme arrancado los dedos de los pies.
Para la tercera, me ardían los hombros como si alguie