Reina
Repasé las instrucciones una última vez, pero aún sentía una extraña sensación de temor que me calaba los huesos y se negaba a ceder. No era porque no las hubiera memorizado ya, sino porque quedarme quieta me daba algo que hacer en lugar de temblar.
Cerré los ojos con fuerza un instante, repasando las pequeñas acciones, no tan pequeñas, que me habían llevado a este punto.
Había añadido sal en el momento justo, bajado el fuego y no matado. Revolví en sentido contrario a las agujas del reloj, un detalle curioso que se me había quedado grabado más de lo debido, e incluso había añadido todas las especias y hierbas necesarias en el momento justo.
De todos modos, lo revisé todo de nuevo. La consistencia era la correcta, el color también, y el aroma que subía de la olla era rico y complejo, intenso en algunos puntos, profundo en otros. No era un plato que me hubieran servido antes, ni de pequeña, ni después, pero algo en él me atraía con una inquietante familiaridad.
“Extraño para la m