Reina
Desperté con un dolor, no agudo. No, era sordo y pesado, de esos que se me clavaban en los huesos y se negaban a irse. Sentía como si ese dolor se hubiera absorbido en mi cuerpo mientras dormía y ahora se hubiera acomodado, aunque todavía me estaba acostumbrando a que pudiera ser perjudicial.
Sentía mi cuerpo como si lo hubieran doblado mal y lo hubieran dejado así. Por un instante, no me moví. Miré al techo, a las tenues grietas que se extendían sobre mí, e intenté recordar cómo había llegado allí.
Los recuerdos se hicieron pedazos.
Piedra bajo mis rodillas, el frío penetrando a través de la fina tela, los numerosos rostros en el pasillo inferior, mi cabeza gacha mientras intentaba mantenerme quieta, y mi visión se nublaba.
Una voz, severa y distante, me decía que me quedara, y luego nada.
Respiré hondo y giré la cabeza lentamente. La habitación dio un pequeño giro, lo suficiente como para que me diera un vuelco el estómago, pero lo tragué y me incorporé con un suave silbido. M