Las garras de Eryndra se clavaron en la mesa, mientras el sudor corría por todo su cuerpo y su respiración era desesperada y ruidosa.
No podía hacer esto.
No podía resistir más.
Al igual que aquella noche, el efecto del supresor desaparecía con cada momento que pasaba.
Era la tercera y última botella, y aun así el dolor la estaba matando. Las lágrimas realmente caían de sus ojos.
Antes de darse cuenta, ya estaba tomando el segundo conjunto de ropa masculina que había comprado.
Tras mucho esfuer