Eryndra leía la carta de su madre cerca de la luz de las velas, cuyo brillo cálido proyectaba sombras suaves sobre su rostro.
Merina se preocupaba por cómo estaba llevando todo. Al leer aquellas palabras, Eryndra comprendió por qué su madre había insistido tanto en ello:
Sé obediente. Sonríe siempre. Come bien. Duerme bien. Responde cuando el príncipe llame. Y produce tantos bebés como puedas.
Aunque esa no era la vida que Eryndra quería, había pensado que sería fácil. No hasta el azote.
Si Kal