Valeria bajó la mirada, sumida en el silencio.
—Soy egoísta y vengativo —confesó Álvaro en voz baja—, ya que aceptaste casarte conmigo, no te dejaré ir. Sólo puedes ser mía.
Valeria cerró los ojos, intentando calmar sus emociones. Después de un momento, agarró el suéter de Álvaro y dijo con determinación:
—Álvaro, recuerda bien lo que dije en la cafetería. Si dices o haces algo, no te lo perdonaré.
—Tranquila —respondió Álvaro con una sonrisa amable—, siempre cumplo mi palabra, especialmente la