XXVI
Con las manos sudorosas, el corazón en la boca y acompañado de uno de los chico más antiguos de ahí, Noah se sentó en la oficina del director de «Las Sirenas», le tenía importantes noticias, o eso al menos le había hecho saber. Temblaba al creer que ya sabían que era él el amante de Adam y que debían desaparecerlo, o que a Adam le había pasado algo por su culpa, o a Abel. Pero lo que estaba por escuchar, parecía mucho peor.
—Muchacho, aunque llevas muy poco tiempo en esta casa, creo que