Las llamas verdes, afloraron presurosas en la chimenea de la sala, y David Beckett, quien estaba leyendo el diario vespertino tranquilamente en su casa, se sobresalto, al ver la figura de su amigo Carlisle, parado frente a él. Sonrió un instante, pero al ver las condiciones en las que se encontraba el joven, su rostro se puso serio. Carlisle camino unos pasos, y sin poder más, cayó de rodillas en la alfombra, y comenzó a llorar, con desesperación. David se arrodilló frente al joven que tenía la