Chelsea Hale.
La oficina de Adrian comenzaba a sentirse distinta. A veces, cuando estaba aquí, sentía que algo me apretaba el pecho y que el estómago se me volcaba. Mis manos sudaban como si él estuviera cuestionando sobre algo que no podía contar.
—No debiste.
—Claro que sí.
—Te lo devolveré al terminar el evento, es costoso.
—Fue confeccionado para ti, a tu medida. —su voz ronca con un toque de autoridad y convicción, me desarmó. –Es un obsequio.
—¿Cómo… sabías mis medidas? —yo estaba ta