Mundo ficciónIniciar sesiónKim Yeonhwa
El ambiente de la cafetería está lleno de estudiantes conversando mientras Yuna y yo nos encontramos comiendo. Mi amiga elige arroz blanco, sopa de algas y bulgogi. Yo moría por escoger bulgogi, pero no quiero estar más gorda de lo que ya estoy, así que termino escogiendo kimchi, sopa de algas y pepino con vinagre. —¿Le avisaste al presidente del curso para que les diga a los profesores que Hana no vino hoy porque supuestamente se enfermó de nuevo su abuela? —me pregunta Yuna. —Sí. Pobre Hana, seguro está sola con su abuela porque su madre tiene que estar trabajando. Yuna suelta una pequeña carcajada de burla. —No debiste perder tu tiempo. Hana lo único que quiere es llamar la atención de Tae-yang, porque ella se dio cuenta de que él está interesado en mí y no en ella. —Me pregunto a veces cuándo vas a dejar de hacer teorías sobre cosas que no tienen que ver —suelto un suspiro y niego con la cabeza. —Lo que pasa es que tú eres muy inocente y por eso no te das cuenta —Yuna le da un sorbo a su sopa. Abro la boca para hablar, pero no pronuncio ninguna palabra cuando veo que Tae-yang se acerca a nosotras. Él pone su bandeja de comida encima de la mesa y se sienta. Yuna lo mira con una sonrisa dibujada en sus labios que demuestra todas las emociones positivas que siente al tener al chico que le gusta cerca. Pero, al volver la vista hacia mí, ella levanta levemente el mentón. —Lo siento si las interrumpo, pero ya estoy cansado de comer solo. No es que tenga necesidad de estar con gente, porque, en realidad, eso no me importa, pero ya es hora de ser más sociable —añade Tae-yang con un tono despreocupado. —No te preocupes, puedes estar con nosotras cada vez que quieras. A mí me agrada tu compañía —responde Yuna mientras agarra un mechón de su cabello y empieza a darle vueltas. —Opino lo mismo que Yuna —digo. Tae-yang, al escuchar nuestras palabras, nos sonríe amablemente. —¿Ya terminaron de hacer la guía expositiva para que me la manden y juntarlas todas? —pregunto al terminar de hablar, cojo con los palillos un poco de kimchi y me lo llevo a la boca. —Yo sí —confirma Tae-yang. —Aún no lo he hecho, porque no sé cómo hacerlo. No soy buena editando —Yuna hace un puchero. Sé inmediatamente que Yuna miente, porque fue ella quien me enseñó a editar y a hacer guías expositivas con nuestros trabajos anteriores. —Si quieres, yo voy a tu casa después de clases y te ayudo a hacerla —se ofrece Tae-yang y le da varios sorbos a su sopa con una cuchara. —Sí, hoy mismo lo hacemos —se apresura a decir Yuna, mientras se tapa la boca porque la tiene llena de comida. Durante la hora del receso hablamos de todo, aunque yo casi no hablé, porque quiero que Yuna aproveche ese momento para acercarse más al chico nuevo. Al sonar la campana que avisa que la hora del almuerzo ya se ha acabado, nos levantamos los tres y llevamos nuestras bandejas a la estación de devolución. Al salir de la cafetería, Tae-yang se va directo a nuestro curso, mientras que mi amiga y yo nos dirigimos hacia el baño. Agarro la perilla y abro la puerta del baño, manteniéndola sujeta para que Yuna pase primero. En cuanto cruza el umbral, la suelto y dejo que se cierre a nuestras espaldas. Ella camina al frente guiando el paso, y yo la sigo de cerca hasta que se introduce en el primer cubículo, dejándome el segundo a mí. Me encierro tras correr el pestillo. Con un movimiento rápido, me subo la falda y me bajo la ropa interior para tomar asiento. El sonido del chorro al caer rompe el silencio del lugar. Ya aliviada, me acomodo la ropa, retiro el cerrojo y salgo. Al salir me encuentro con Yuna lavándose las manos en el lavabo. Yo tomo un poco de jabón líquido y hago lo mismo. —Yeonhwa, estoy segurísima de que Tae-yang se sentó con nosotras a comer por mí. Seguro ya está enamorado de mí —Yuna coge un poco de papel, se seca las manos y lo echa en el pequeño zafacón que está a su lado. —Cierto. ¿Quién no se enamoraría de ti con un cuerpo delgado y una belleza natural que le encantaría a cualquiera? —abro el grifo y poco a poco voy quitando el jabón de mis manos. —No hace falta que me lo recuerdes. Yo sé lo espectacular que soy. —Además, Tae-yang es una buena persona y es muy sincero con sus palabras. Creo que sería un buen novio —opino. —¿Lo dices porque dijo que te veías bien estando gordita? —Yuna me mira de arriba abajo con una media sonrisa ladeada. —No… —no me deja terminar de hablar. —Tae-yang solo te dijo eso para no hacerte sentir mal. Y, si te soy sincera, pareces un saco de papa amarrado por la mitad. Sabes que yo nunca te diría mentiras porque eres mi mejor amiga y quiero lo mejor para ti. Me miro al espejo que tengo al frente y siento una gran repugnancia al verme. Mis ojos se van humedeciendo poco a poco hasta que las lágrimas empiezan a salir como una cascada. Me tapo el rostro con mis dos manos y empiezo a sollozar fuertemente. —Lo siento, no fue mi intención hacerte sentir mal, pero es la verdad y lo tienes que aceptar —los pasos de Yuna al acercarse a mí resuenan en el baño y me rodea con sus brazos. —Estoy horrible —murmuro con la voz quebrada—. Soy demasiado gorda. Odio mi cuerpo. Si fuera una chica delgada, todo fuera diferente. Yuna no dice nada, solo me escucha decir todas las quejas que tengo sobre mi cuerpo mientras me consuela. Duramos como quince minutos en el baño, hasta que me calmo, aunque por dentro me siento completamente destrozada. Al salir del baño, nos dirigimos hacia las escaleras y, al llegar al tercer piso, doblamos hacia la izquierda. Mi amiga es la primera en abrir la puerta de nuestro salón y yo solo sigo su paso. Al cerrarse la puerta a mi espalda, levanto la vista del suelo y noto cómo todos nos miran fijamente, hasta el profesor que se encuentra explicando una clase de matemáticas. —¿Yuna y Yeonhwa, por qué llegan tarde a clases? —nos pregunta el profesor. —Estábamos en la enfermería porque a Yeonhwa le dolía mucho el estómago —ella señala mi rostro—. Mira, sus ojos están rojos de tanto llorar por el dolor, pero lo bueno es que ya se encuentra mejor —miente Yuna con tanta naturalidad que parece una actriz profesional de K-drama. —Está bien, vayan a sus asientos —indica el profesor y hacemos como nos ordena—. Lo siento por los que ya están adelantados, pero voy a tener que explicar la clase de nuevo por sus dos compañeras que no se encontraban con nosotros al principio. El sonido de las quejas de mis compañeros resuena en todo el salón. Yuna se da la vuelta y se inclina un poco hacia mí. —Préstame el cuaderno de física —me susurra. Yo asiento con un ligero movimiento de cabeza y me doy la vuelta. Abro mi mochila, saco mi cartuchera y mi cuaderno de matemáticas y los pongo arriba de la mesa. Y, por último, saco el cuaderno de física y, sin verla, extiendo el brazo para que coja el cuaderno y lo hace. Al cerrar mi mochila, me incorporo correctamente en mi asiento, pero, por alguna razón, me siento incómoda, hasta que miro intuitivamente hacia la izquierda y me encuentro con Tae-yang mirándome fijamente, con el ceño levemente fruncido. «¿Por qué me mira así? ¿Será porque el profesor repitió la clase?», pienso, pero, por alguna razón, siento que es por otras cosas muy alejadas de lo que estoy pensando. Desvío la mirada hacia el frente, concentrándome cien por ciento en el profesor y, por un momento, olvidándome de la decepción de tener un cuerpo como el mío. Las clases transcurren con normalidad y, al llegar la hora de despachar, todos se alegran porque por fin van a sus casas, pero ni eso me emociona a mí, ni por un momento. —Toma —me dice Yuna mientras mantiene el brazo extendido para que coja mi cuaderno, que ella ha copiado en el receso de diez minutos que nos dan después de cada clase. Agarro el cuaderno y lo meto en mi mochila. Al volver a mirar, ya mi amiga se ha ido, pero no me sorprende porque vivimos en direcciones diferentes. Me levanto de la silla y me pongo la mochila. Salgo del salón y noto cómo todos van a pasos rápidos, muy apresurados; sin embargo, yo voy caminando sin ánimo, apenas levanto los pies para no arrastrarlos por el piso. Mientras bajo por las escaleras, las personas que van más rápido que yo me rodean y escucho a algunas personas quejándose de mí en murmullos, pero no les presto atención. Tengo cosas más importantes ocupando mi cabeza y mis emociones. Al llegar al último escalón, sigo por el pasillo, dirigiéndome hacia la salida y, al adentrarme en el patio, miro al cielo, que se encuentra nublado. Lo normal sería que me apurara para llegar rápido a casa, pero no lo hago y, en menos de tres minutos, empieza a llover. Sigo por el camino de siempre, mientras la lluvia que cae me empapa poco a poco y la gente que pasa con paraguas a mi alrededor solo se me queda mirando. Al llegar a casa, abro el pequeño portón y me adentro en el pequeño patio. Al estar frente a la puerta, la abro con la llave que siempre tengo y, al entrar, la cierro a mis espaldas. Me quito los zapatos y me pongo las mis pantuflas peludas de color morado. Voy a subir a mi habitación sin decir nada, pero me detengo en la entrada de la cocina y veo a mi padre sentado en el comedor, leyendo un libro, mientras que mi madre está preparando algo de comer. —Ya llegué —les aviso. Inmediatamente, mi padre levanta la vista y mi madre se da la vuelta. —Yeonhwa, estás empapada —habla mi madre preocupada al verme. —¿Por qué no me llamaste para que te pasara a buscar? —me pregunta mi padre enojado. —No sabía que ibas a estar en casa porque siempre estás trabajando —le comento con calma. —La próxima vez que esté lloviendo y no tengas paraguas, me llamas —responde mi padre. —Pero ¿y si te echan del trabajo por pasarme a buscar? —No me importa, tú eres mil veces más importante —afirma mi padre. Una sonrisa se forma en mis labios, pero, así mismo como llega, se esfuma al recordar lo que me dice Yuna. —Ve a quitarte esa ropa, no quiero que te enfermes —añade mi madre. Yo asiento. Subo las escaleras y, al llegar al segundo piso, camino por el pasillo hasta que me detengo enfrente de mi habitación. Abro la puerta y, al entrar, la cierro. Lo primero que veo en mi mesita de noche son las pastillas para bajar de peso. Doy varios pasos y me siento en mi cama. Agarro el pote de pastillas para bajar de peso y me quedo mirándolo fijamente. «No te aconsejo que tomes esa pastilla. Yo conocí hace tiempo a una chica en mi otra escuela que la tomaba y murió por eso», recuerdo las palabras de Tae-yang y siento una rabia que me carcome por dentro. —Para ellos es muy fácil hablar porque ya son delgados y bonitos —abro el pote de pastillas, agarro una y me la meto en la boca, sin pensarlo dos veces, y trago.






