Mundo ficciónIniciar sesiónKim Yeonhwa
El día está completamente soleado, perfecto para la gente a la que le gusta broncearse, pero no para mí. Por suerte, siempre llevo protector solar. Aunque aquí arriba, en el balcón de la casa de Yuna, donde nos encontramos Tae-yang, la dueña de la casa y yo, hace un viento que acaricia mi piel con suavidad y remueve ligeramente mi pelo suelto, refrescando completamente el día. La vista de aquí arriba es espectacular. Casi todo el barrio de Gangnam se ve desde aquí y, al bajar la vista, se aprecia completamente el gran patio bien cuidado de esta residencia, con sus flores de todos los colores, a diferencia de la casa, que solo está pintada de blanco y algunas partes de gris para darle un toque muy elegante con un estilo moderno. —Hana dice por el grupo que llegará un poco tarde porque tuvo que llevar junto a su madre a su abuela, que se puso mal de repente —informa Tae-yang con la vista en su teléfono. —Qué pena, espero que no le pase nada malo a su abuela —respondo. —Cierto. Pobre Hana, seguro debe estar súper mal. Siento tanta pena por ella, no quisiera estar en sus zapatos. Espero que su abuela se recupere —habla Yuna en voz baja, mientras mantiene el ceño ligeramente fruncido y los labios curvados hacia abajo. —Opino lo mismo. Le voy a preguntar si ya se siente mejor su abuela —veo a Tae-yang que escribe algo rápido en su celular. —¿Ustedes son cercanos? —pregunta Yuna con una ceja levantada. Una sonrisa se dibuja en mis labios, porque sé que Yuna seguramente se siente un poco celosa y por eso le pregunta eso al chico nuevo. —No, solo quiero saber. Me preocupo por ella y su abuela —responde Tae-yang. —Pero si ni siquiera la conoces —dice Yuna. —Se llama ser empático —argumenta Tae-yang. —Ah, sí —murmura Yuna, no muy convencida. —¿Puedo ir al baño? —pregunta Tae-yang. —Sí, está en el pasillo de la izquierda —indica Yuna. Tae-yang se aparta de la barandilla. Cruza la puerta corrediza y entra en la sala de estar. Lo sigo con la mirada hasta que desaparece de mi vista al entrar al pasillo. —¿Tú crees lo que dijo Hana por el grupo? —inquiere Yuna. Yo la miro con el ceño levemente fruncido. —Sí, eso le puede pasar a cualquiera —contesto—. ¿Por qué la pregunta? —Estoy segura de que ella miente con esa excusa barata de que su abuela se enfermó. Solo dice eso porque no quiere venir a la reunión —insiste Yuna. —No creo que Hana mienta solo porque no quiera venir. En el poco tiempo que llevo conociéndola, ha demostrado que es una persona responsable. —Así pensaba ciegamente en mi ex, que no me sería infiel, y lo hizo —una pequeña sonrisa se forma en los labios de Yuna. —No compares… —no termino de hablar porque los pasos de alguien que se acerca resuenan y Yuna, al ver que es Tae-yang, me hace una seña para que me calle, llevándose un dedo a los labios. Tae-yang se detiene en la entrada del balcón. —Hana me dijo que ya su abuela se encuentra mejor y que está en camino para venir para acá. —Qué bueno que se encuentra mejor su abuela —digo aliviada. —Qué bueno. Yo oré por la salud de la abuela de Hana y ha dado resultado —dice Yuna. Se me escapa una pequeña risita y Yuna me taladra con la mirada. —Eres una persona muy buena, me gusta eso de ti —halaga Tae-yang mientras la mira con una cálida sonrisa dibujada en sus labios. Yuna se sonroja y baja la vista hacia el suelo. —No es para tanto. Escucho que resuena el timbre de la casa de Yuna. —Vuelvo en un momento, voy a ver quién es —avisa Yuna. Ella se da la vuelta, le pasa por el lado al chico nuevo y se adentra en la sala de estar. Veo cómo atraviesa toda la sala hasta que desaparece de mi vista. Tae-yang se acerca y se pone a mi lado. Él se recuesta de espaldas en la barandilla y voltea a mirarme. —Gracias por el jugo —me agradece de repente Tae-yang. —¿De qué hablas? —Del jugo que me llevaste en la cafetería de la escuela —me recuerda Tae-yang. —A la persona que debes agradecerle no es a mí, fue Yuna quien te lo mandó. —¿Yuna? Bien, entonces le debo una. Gracias por decírmelo. Ninguno de los dos vuelve a hablar y veo desde el balcón, en donde me encuentro, a Yuna cruzar todo el patio a pasos tranquilos. Ella se acerca al portón de metal y abre la puerta, permitiendo que Hana entre. —¿Ese chico que vino como un perro rabioso a arrebatarte el jugo en la cafetería es tu novio? —me pregunta Tae-yang. Volteo a verlo con el ceño fruncido porque no me gusta que le diga «perro rabioso» a mi novio. —Sí, es mi novio, pero él actuó así por mi culpa, así que no lo llames de esa manera —hablo en voz baja, apenas audible. —Me lo sospeché, que era tu novio, por eso no interferi cuando vi cómo te trataba, porque los problemas de pareja se resuelven entre ellos. Pero tengo que serte sincero y es que tu novio debió preguntarte primero, en vez de tratarte como si fueras una basura delante de todos. Las palabras de Tae-yang me caen encima como un balde de agua fría. ¿Pero por qué? Si la única que tuvo la culpa fui yo y me merecía que mi novio me tratara de esa manera por estar llevándole cosas a otro chico. —Yo fui quien cometió el error. —No, tú no cometiste ningún error, fue él quien lo cometió. Si yo fuera tú, lo hubiera dejado ese mismo día, porque si lo hizo una vez, lo seguirá haciendo. —No es así como crees. Joon es bueno conmigo y muy cariñoso, solo que ese día perdió el control de sus emociones. Tú solo ves lo que mi novio hizo, pero en realidad yo también tuve la culpa —le explico. Tae-yang suelta un suspiro de cansancio y dice: —Está bien, pero ya te lo advertí y vas a ver que, cuando ocurra lo mismo otra vez, te acordarás de mí. Me quedo callada. —Supuse que tendrían calor, así que les traje esto —escucho que dice Yuna. Al darme la vuelta, veo a Hana que se acerca junto a mi amiga, quien lleva una bandeja con una jarra de jugo de naranja y cuatro vasos de vidrio. Ella la pone encima de la mesa de metal. —Hola —nos saluda Hana y también la saludamos. Ella agarra una de las sillas y la jala, provocando un chirrido al rozar el metal con el piso. Todos hacemos una mueca por el ruido molesto y, al notarlo, Hana dice: —Perdón, no fue mi intención —y se sienta. —Descuida, no pasa nada —dice Tae-yang con una sonrisa que muestra todos sus dientes. Noto cómo Yuna se tensa y rueda los ojos. Tae-yang y yo damos varios pasos y nos detenemos enfrente de la mesa. Cuando voy a coger la jarra de jugo para servirme, Yuna la coge de inmediato y llena un vaso casi hasta arriba. —Toma, para que te refresques —le ofrece Yuna a Tae-yang con una sonrisa cálida formada en sus labios, mientras extiende la mano derecha con el vaso en la mano. —Gracias —le sonríe ligeramente y le coge el jugo de la mano. Noto cómo, por ese simple gesto, la sonrisa de Yuna se ensancha y le brillan los ojos. —Ahora empecemos a planificar la exposición. Todos empezamos a dialogar sobre la exposición de Sociales, pero terminamos acordando lo mismo que hablamos por videollamada el día de ayer. —Nos juntamos en persona y terminamos acordando lo mismo que ayer. Solo vinimos aquí a perder el tiempo —comenta Hana. Yuna hace una ligera mueca con los labios, pero inmediatamente cambia su expresión a una normal. —No es mi intención hacerlos perder el tiempo, solo quería que nos saliera bien a todos —habla Yuna en voz baja, apenas audible. —Lo siento si te ofendí. A veces hablo sin pensar y digo estupideces. Sé que lo haces con buena intención y eso lo valoro —habla Hana muy amablemente. —Descuida, no pasa nada —le responde Yuna. La alarma de mi celular, que avisa que ya es hora de beberme la pastilla, empieza a sonar. Yo lo saco del bolso y deslizo el dedo hacia arriba en la pantalla, y de inmediato deja de emitir sonido. En un bolsillo pequeño que tiene el bolso, introduzco los dedos y extraigo una pastilla. Sin pensarlo dos veces, me la llevo a la boca y, con varios tragos de mi vaso de jugo, ayudo a que baje. —¿Estás enferma? —me pregunta Yuna. —No, solo es una pastilla para bajar de peso —le respondo. Yuna me mira de arriba abajo con una leve sonrisa burlona que provoca un pinchazo de dolor en mi pecho. —No te aconsejo que tomes esa pastilla. Yo conocí hace tiempo a una chica en mi otra escuela que la tomaba y murió —advierte Tae-yang. —Tae-yang tiene razón. Si quieres bajar de peso, yo te puedo ayudar con las dietas que sigo —sugiere Hana. —Ya he intentado con la dieta y no funciona —contesto. —Cierto, ella tiene razón. Tiene tres meses con el nutriólogo y, en vez de estar más flaca, la veo más gorda cada día —suelta Yuna. Al escuchar las palabras de Yuna, miro con vergüenza mi reflejo en la ventana. —¿Para qué quieres bajar de peso? —me pregunta Tae-yang y siento que es la pregunta más idiota del mundo. —Para estar bonita. Nadie se ve lindo estando en sobrepeso. —Para mí, te ves muy bonita estando gordita —me halaga Tae-yang. Siento cómo el calor sube por mis mejillas y juro que seguramente estoy como un tomate de rojo. Miro a mi amiga, quien me observa con los ojos entrecerrados mientras mantiene los brazos cruzados. Sé porqué está enojada y es que a ella no le gusta que la persona que le gusta trate bien a otras chicas que no sean ella.






