Mundo ficciónIniciar sesiónKim Yeonhwa
El auto baja la velocidad hasta que se detiene. Mi celular vibra en mi mano y miro la notificación que dice: «Ha llegado a su destino». Abro la puerta del auto y me bajo. El carro avanza y se va, mientras yo me quedo admirando la casa de mi novio por un momento. Es de dos plantas, de color blanco y con un diseño muy moderno, como las casas que están haciendo hoy en día. Su balcón y la puerta de entrada están iluminados por una luz amarilla. Tiene un pequeño patio con un árbol no muy frondoso. Mi novio y yo tenemos noventa días de novios, pero esta es la primera vez que vengo a su casa. Él me dice que su madre no para de insistir en querer verme y termino accediendo, a pesar de que las ganas que tengo de conocerla están por el piso, porque tan solo no saber qué va a opinar de mí o si no le voy a caer bien me carcome los pensamientos. Empujo el pequeño portón y me adentro. Camino por el caminito de piedra que me dirige hacia la entrada. Al estar frente a la puerta, toco el timbre. No pasa ni un minuto cuando la puerta se abre y veo a mi novio, que me recibe con una cálida sonrisa. —Estás hermosa —me dice Joon. —Gracias —le respondo y siento cómo mis mejillas se sonrojan. —Pasa o ¿te vas a quedar afuera? —Lo siento, es que estoy nerviosa —le confieso y entro. Al estar dentro de la casa, me percato de que a la madre de Joon le gusta mucho el blanco, porque las paredes, el sofá, la alfombra y el gavetero que sostiene la televisión son del mismo color. Excepto por una pintura de un barco en el mar y las cortinas de color gris, que se encuentran abiertas, permitiendo que la luz del sol entre por la ventana. —No te preocupes, mi madre desde que te vea le vas a encantar —me asegura Joon mientras cierra la puerta. Sus palabras provocan que mis nervios se calmen y que el deseo de conocerla se incremente. —¿Dónde está tu madre? —quiero saber al no verla por ninguna parte. —Vamos, ella está en la cocina, terminando de preparar la mesa —me coge de la mano y siento una pequeña electricidad recorrer mi cuerpo. A pesar de que ya tenemos mucho tiempo de novios, sigo sintiendo esas sensaciones como si fuera el primer día. Atravesamos toda la sala hasta que llegamos a la cocina. El olor a comida recién hecha invade mis fosas nasales y, al ver toda esa comida encima de la mesa, un pequeño rugido en mi estómago se hace presente. La madre de Joon se encuentra echándole una especia a uno de los platos y, cuando ella se voltea para ponerlo encima de la mesa, se forma una sonrisa en sus labios al vernos, pero, así mismo como llega, desaparece. Noto cómo me mira de arriba abajo y hace una pequeña mueca con sus labios, pero la oculta con una sonrisa que claramente se ve forzada. Solo ese pequeño gesto de disgusto me hace sentir una punzada de decepción en mi pecho. Hago una pequeña reverencia. —Es un gusto conocerla, señora —hablo sin ganas. —El gusto es mío y no me llames señora, que me hace sentir como una vieja. Mejor llámame por mi nombre, Hyun. —Lo siento, no lo volveré a hacer. Me muero de hambre, ya empecemos a comer —exclama Joon. Joon suelta mi mano y camina hacia la mesa; yo lo sigo de cerca. Jala una silla y se sienta, y yo tomo asiento a su lado. Frente a nosotros, en la cabecera de la mesa, la madre de Joon se acomoda. Todos empezamos a servirnos de los diferentes platos que están en la mesa y, por un minuto, nadie habla. —¿No has pensado en bajar de peso, Yeonhwa? —pregunta Hyun. Esas palabras mueven algo dentro de mi pecho, porque ahora sé cuál es su decepción conmigo. Es obvio que seguramente ella está esperando una chica delgada y muy bella que pueda presumir con sus amigas, pero yo no tengo ninguna de las dos. Yo asiento con un leve movimiento de cabeza, sin ganas, y una sonrisa dibujada en mis labios que espero que no se note que no surge de mí y que tan solo es provocada para que no note lo que realmente siento por dentro. —Ella está con el nutriólogo. Tiene una dieta, pero no veo que le haga efecto —comenta Joon y se lleva a la boca un trozo de cerdo con los palillos de metal. —Sí está haciendo efecto. Bajé cinco kilos —respondo en voz baja Joon traga su comida y después habla —no parece, porque yo te veo igual todos los días. Me muerdo el labio inferior con incomodidad, porque mi novio tiene razón. La máquina de medir el peso muestra que bajé cinco kilos, pero yo me sigo viendo igual de gorda. Creo que, en vez de bajar, estoy subiendo. —Veo que no comes nada. ¿No te gusta la comida que hice? —pregunta Hyun. Miro toda la comida que está en la mesa y el estómago me gruñe fuertemente. No tengo ganas de comer, no quiero estar más gorda de lo que ya estoy, pero tengo que hacerlo, porque no quiero ser una maleducada con mi suegra, que tanto se esmeró en hacer la comida. —Sí, me gusta —tomo mis palillos de metal que están al lado de mi plato lleno de arroz, agarro un poco de kimchi y me lo llevo a la boca—. Está muy bueno —hablo mientras me tapo la boca para que no me vea masticar. —Tienes que estar agradecida con mi hijo, que a pesar de que tienes sobrepeso, te eligió como su novia. Mi hijo es demasiado bueno —se queda mirando a su hijo con una gran sonrisa al tiempo que le soba el cabello. —Mamá, no exageres —Joon levanta levemente el mentón. Pasa una hora y, durante ese proceso, comemos tranquilamente. La madre de Joon me pregunta: ¿Cómo te va en la escuela? ¿Quiénes son tus padres? ¿En qué trabajan tus padres? ¿Tienes hermanos? Y, entre otras cosas, no faltan los comentarios que ella suelta sutilmente sobre mi físico. Todo eso me lo tengo que aguantar, porque me lo merezco por ser fea y tener el cuerpo de una bola de fútbol. Me encuentro en la sala, mirando por la ventana y esperando que llegue el taxi para llevarme a mi casa. Mientras tanto, mi novio está con mi suegra, ayudándola a recoger los platos. Veo un carro anaranjado con un pequeño letrero arriba que dice «taxi» y que se detiene al frente de la casa. De inmediato, camino hacia la cocina para avisarle a mi novio y a mi suegra que ya llegó el taxi, pero me detengo en seco cuando escucho pronunciar mi nombre. —Yeonhwa es perfecta para mí, mamá —escucho decir a Joon. Una sonrisa se dibuja en mis labios y siento cómo un calor recorre mi pecho. —Será que ella es imperfecta para ti, Joon. Te mereces algo mejor. Una chica hermosa, con un cuerpo espectacular, no un ogro —suelta Hyun con un tono muy serio. Esas palabras para mí son como un balde de agua fría. Si antes me sentía mal por los pequeños comentarios que suelta con disimulo, estos me hacen sentir peor. Yo había notado su decepción cuando me vio, pero tenía la esperanza de caerle bien y así ganarme su aprecio. —Mamá, mira mi rostro. Está dañado por el acné y, por más que me pongo los mejores tratamientos y vaya a los mejores dermatólogos, mi piel sigue igual —Joon eleva un poco el tono de voz a su madre y se nota que ya está molesto. —¿Pero qué tiene que ver esa chica con tu problema en la piel? O, mejor dicho, ese tanque de guerra —la risa de Hyun resuena en todo el lugar, pero Joon no ríe, o al menos no lo escucho reír. La risa de Hyun se detiene. —¿Cómo voy a conseguir una chica hermosa y de buen cuerpo si mi rostro está así? Yeonhwa es la mejor chica con la que puedo estar por ahora. «Entonces, él no está conmigo porque me quiere. Solo soy lo que cualquiera puede tomar cuando no tiene opciones». Mis ojos se humedecen poco a poco y, en menos de un minuto, las gotas de lágrimas caen como una cascada por mis mejillas. Me agarro del pecho fuertemente, como si eso detuviera el fuerte dolor que siento, y empiezo a correr para salir rápido de esta casa. Cuando estoy frente a la puerta, la abro con mi mano libre y, al salir, mientras aún me sostengo el pecho, llego al pequeño portón de hierro y hago lo mismo. Abro la puerta del taxi y entro. —Arranque, por favor —murmuro con la voz entrecortada, evitando mirar al conductor para que no me vea llorar. El auto se pone en marcha y durante la mayor parte del viaje me quedo sollozando en silencio para que no me escuche. Al darme cuenta de que ya casi estoy cerca de mi casa, detengo mi llanto, a pesar de que siento como una tormenta dentro de mí, pero tengo que aparentar que no está pasando nada, porque no quiero que mi madre y mi padre me vean de esa manera. Me paso la mano por el rostro para quitar cualquier indicio de que estoy llorando y miro mi reflejo en el cristal de la ventana del carro. Noto que mis ojos aún están enrojecidos, pero ya tengo la excusa perfecta: me pasé la mano sucia por los ojos y me dio alergia. El auto se detiene frente a mi casa. A esas horas de la noche, las luces de mi hogar resaltan más de lo normal, iluminando las paredes de ladrillo. Bajo lentamente del vehículo y cierro la puerta detrás de mí. El sonido de mis pasos resuena suavemente sobre el pavimento mientras camino sin ganas hacia el pequeño portón negro de la entrada. Al empujarlo, provoca un chirrido que resuena en todo el lugar y, al cerrarse a mis espaldas, se escucha el sonido del metal al chocar con el metal. Subo los tres pequeños escalones y, al estar frente a la puerta, cojo la perilla y la giro. Al abrirse, me adentro en la casa y cierro la puerta. Mi madre está sentada en el sofá con los ojos fijos en su K-drama, que se transmite todos los días a las ocho de la noche. Ella ni siquiera se había dado cuenta de que había llegado. Si quisiera, podría subir a mi cuarto y pasar desapercibida, pero necesito hablar con mi madre para ver si puedo cambiarme de nutriólogo o si encuentra otra solución para bajar de peso. Camino hacia el sofá y mi madre de inmediato me nota. Ella sonríe con sus labios, al tiempo que yo hago un puchero. Me siento a su lado. —¿Te fue mal en la cita? ¿Le caíste mal a tu suegra? —me pregunta. Mi madre se acerca un poco y entrecierra los ojos para ver mejor—. ¿Estabas llorando? —frunce el ceño. Al escuchar «¿Le caíste mal a tu suegra?», siento un salto en el pecho. —Ninguna de las tres —me apresuro a decir—. Solo me pasé la mano sucia por la cara y ya sabes que empiezo a lagrimear —miento. —¿Entonces por qué vienes haciendo puchero? —vuelve su vista a la televisión. —Cuando iba en el taxi, vi a unas chicas delgadas y me dio envidia por lo bonitas que se veían… —no termino de hablar porque soy interrumpida por mi madre. —Pero tú también eres bonita, tal y como eres. Aprieto los dientes con fuerza para contener mi molestia, porque para mi madre es muy fácil decirlo, pero ella no sabe lo que se siente estar en este cuerpo. —Mamá, quiero cambiarme de nutriólogo, porque ya han pasado tres meses y no veo resultados. —Yeonhwa, él es el mejor nutriólogo de Seúl. Mírame —mi madre se levanta y da un giro—. Yo estaba más gorda que tú y he bajado mucho de peso. Además, tú bajaste cinco kilos —se vuelve a sentar en el sofá. —Según el doctor, yo bajé de peso, pero yo me sigo viendo igual. Creo que es una e****a. —Sabes que bajar de peso nunca ha sido fácil para ti. Tu padre y yo somos de complexión gruesa por naturaleza, y tú lo has heredado; aun así, he notado que has perdido peso. —¿En serio? —pregunto ilusionada. —Sí, ¿por qué le mentiría a mi propia hija? Me levanto del sofá y me pongo frente al gran espejo que refleja todo mi cuerpo. Miro mi rostro para notar si se ve más pequeño mientras muevo la cabeza de un lado hacia otro, pero lo veo tan grande como una sandía. Bajo la vista hacia mi cuerpo, pero sigo teniendo esos brazotes que odio, la barriga tan grande como si estuviera embarazada y las piernas tan gordas como las de un elefante. Aprieto los puños con rabia y me muerdo el labio inferior. Me volteo hacia mi madre y la miro con los ojos entrecerrados. —¿Te estás burlando de mí? —No, lo digo en serio. «Típico de madre, para ellas siempre estamos lindas, aunque seamos feas», pienso. —¿Me cambiarás de nutriólogo, sí o no? Mi madre suelta un suspiro de cansancio. —No, él es el mejor nutriólogo de Seúl. —¡Dices que quieres ayudarme, pero no lo estás haciendo! —¡Pero lo estoy haciendo! Siempre te busco lo mejor y lo sabes. No seas malagradecida —grita mi madre, enojada. Suelto un suspiro con pesadez y pongo los ojos en blanco. Empiezo a caminar a paso rápido, alejándome de mi madre. Subo las escaleras que llevan hacia el segundo piso y, al llegar, sigo por el pasillo hasta que me detengo frente a la puerta de mi habitación. La abro y, al entrar, cierro la puerta de un portazo a mis espaldas. Me siento en la cama y saco mi celular de la cartera. Pongo mi dedo para que escanee mi huella y se desbloquea. De inmediato, escribo en el buscador: «¿Cómo bajar de peso rápido?». Me salen un millón de videos, pero termino presionando el que más me llama la atención y empieza a reproducirse. Una chica delgada, con un cuerpo hermoso, sostiene un frasco de pastillas cuya marca desconozco mientras dice: —Todo el mundo me pregunta cuál es el truco para tener un cuerpo delgado, y es esto —ella muestra el frasco de pastillas—. Solo tienes que tomarte una al día y no tienes que hacer dieta ni ejercicio. Así estaba yo antes —la chica muestra una foto de ella cuando estaba gorda—. Y mírame ahora. No pierdas tu tiempo y cómpralo ya. Sin pensarlo dos veces, presiono el enlace que me lleva hacia la página. Escribo mis datos y le doy a comprar. *** Mis compañeros van llegando a nuestro salón poco a poco, mientras que mi mejor amiga y yo ya estamos en nuestros asientos conversando. Yo he movido mi silla y la he puesto al lado de la de Yuna para que estemos más cerca y no tengamos que hablar en voz alta, para que mis otros compañeros no escuchen lo que estamos hablando. —¿Cuándo conociste a la madre de tu ex, le caíste bien? —le pregunto con mucha curiosidad. —Sí, mi exsuegra me trataba como si fuera su hija. ¿Por qué lo preguntas? ¿Le caíste mal a la tuya? —Yuna levanta una ceja. Bajo la mirada y me muerdo el labio inferior con incomodidad. —Al principio, la madre de Joon hizo algunas insinuaciones sobre mi peso. Me sentí mal, pero no le di mucha importancia porque tenía la esperanza de que, aunque sea, le cayera bien mi personalidad, hasta que escuché una conversación de ella con mi novio en la que me criticaba por ser rellenita. Pero lo que más me dolió fue que Joon dijo que solo estaba conmigo porque no ha conseguido a alguien mejor. Una sonrisa burlona se dibuja en los labios de Yuna. —Yo le doy la razón a tu suegra, porque todo el mundo quiere una nuera para presumir con sus amigas lo linda que es y, si su hijo tiene una relación seria que ellas piensan que habrá probabilidades de llevar al matrimonio, querrá nietos bonitos —Yuna nota cómo la expresión de mi rostro decae—. Lo siento si te ofendí, sabes que soy cruda y directa con mis palabras. —No me molesta, me encanta que seas así —miento. Aunque por dentro me duelen las palabras de mi amiga, ella tiene razón. Lo bueno es que pronto vendrán las pastillas que me ayudarán a ser esa chica linda que todo el mundo quiere y que tanto yo deseo ser. —¿Cuándo toca matemáticas? —me pregunta Yuna. —Después del almuerzo —le respondo. —Me pasé toda la noche resolviendo los ejercicios que el profesor de matemáticas dejó ayer. Espero que no deje tarea hoy y menos esos ejercicios. —Se me olvidó hacer los ejercicios anoche. ¿Me los pasas, por favor? Yuna pone los ojos en blanco. —Está bien, pero no te acostumbres —ella abre su mochila, saca el cuaderno de matemáticas y me lo pasa. —Gracias. La puerta del salón se abre y, al ver que entra la profesora de Sociales, de inmediato ruedo mi silla hacia la derecha, donde se encuentra mi lugar. Pero la profesora no entra sola, porque detrás la sigue el chico nuevo, que viene muy calmado, mientras que dos chicas que entran junto con ellos vienen detrás de él, murmurando entre ellas mientras lo miran fijamente. Volteo a ver a mi amiga, que fulmina con la mirada a las dos chicas que vienen detrás de Tae-yang, y una sonrisa se forma en mis labios. La profesora se detiene al frente del escritorio. —¡Saluden! —ordena en voz alta el presidente del curso. Todos nos levantamos. —Buenos días, profesora —saludamos en voz alta al mismo tiempo y hacemos una reverencia. Todos volvemos a nuestros asientos. —Yo voy a escribir el nombre de uno de ustedes, junto con un país que van a exponer, y la persona que yo mencione en la pizarra tendrá que formar un grupo de cuatro con las personas que ustedes mismos seleccionen —explica la profesora. Se da la vuelta y empieza a escribir. Me quedo atentamente viendo los nombres que ella está escribiendo y veo que la profesora escribe mi nombre junto con el país de México en el tercer grupo. —¡Sí! —escucho que dice mi amiga emocionada. —Ya pueden venir y elegir a sus compañeros —dice Ría al terminar de escribir en la pizarra. Yo me levanto de mi asiento, al igual que los otros compañeros a los que les tocó el mismo grupo, pero me detengo cuando Yuna me agarra por la muñeca. —¿Qué sucede? —le susurro. —Elige a Tae-yang —dice Yuna en voz baja. Una sonrisa se dibuja en mis labios y asiento con un movimiento de cabeza. —Está bien. Yuna me suelta de la muñeca y camino hacia donde se encuentran mis otros compañeros que también fueron elegidos por la profesora. Las dos personas que van delante de mí son los primeros en elegir y después sigo yo. Escojo a Tae-yang, el chico nuevo; a Hana, una de las chicas más inteligentes y bellas del curso; y, por último, a Yuna.






