-¡Suéltalo! -me gruñó Lucifer, la voz rasposa de furia, los ojos como brasas ardiendo en su rostro. Los lobos que habían estado rodeándome, avanzando hacia mí con sus ojos brillantes como lunas llenas, se detuvieron de repente. Sus miradas se quedaron clavadas en mí, observándonos, observándome con una mezcla de desconcierto y miedo. No era por la amenaza de Lucifer, sino por el caos palpable que yo irradiaba, una fuerza oscura que les helaba la sangre.
-¡Ahora! -ordenó Lucifer, su tono grave