Los demonios saltaron a nosotros, y en ese instante, lo único que se me ocurrió fue cubrir a Roderick con toda mi anatomía, pero él, como siempre, tenía otras ideas.
—Fumiko, ¡aaaaah! —gritó mi hijo en medio del llanto, pidiendo ayuda a mi niña, supongo, como en aquella vez. Estaba esperando el ataque de los demonios, pero este jamás llegó.
Abrí los ojos lentamente y observé a mi alrededor. Los demonios levitaban en el aire, desmembrados en el acto, parte por parte, cayendo como si no pudieran