"¿Qué quieres decir con que eso no fue todo, Ace?", pregunté, intentando forzar una sonrisa, pero solo lo hizo sonreír aún más.
Lo empujé un poco con el hombro.
"Vamos, cuéntame", dije. "¿Qué pasó? ¿Qué recuerdas, Ace?".
Siguió sin respuesta. Solo su sonrisa infantil se le dibujaba en la cara. Pero eso no me impidió preguntar. Pregunté y pregunté y volví a preguntar.
"¿Qué quieres decir con que eso no fue todo?", volví a preguntar por quizá la décima vez.
Ace se limitó a reír, frotándose los ojos con el dorso de la muñeca. Parecía exhausto, como si se aferrara a la consciencia de un hilo, pero de alguna manera seguía siendo travieso, lo cual seguía siendo él mismo. Su risa salió ronca y cansada, pero innegablemente divertida. —Sabrina —gruñó, arrastrando mi nombre como si fuera en parte queja, en parte broma—. Te lo juro, las mujeres nunca se rinden, ¿verdad?
Me crucé de brazos y lo miré con los ojos entrecerrados.
—Ace. Dime.
Siguió riendo, pero al principio suavemente, luego más fue