Ya no quería mirarlo.
Sentía el pecho arder de rabia, vergüenza y angustia, todo mezclado hasta que apenas podía respirar.
—Quiero que te vayas —repetí, esta vez en voz más baja, aunque cada músculo de mi cuerpo temblaba.
Scott no se movió. Se quedó ahí sentado… mirándome fijamente como si irse no fuera una opción.
—Sabrina… —comenzó.
Estallé.
—¡TE DIJE QUE TE VAYAS!
El grito se me escapó antes incluso de darme cuenta. Me puse de pie de un salto, y mi voz resonó en las paredes del salón. Scott