La sala no había cambiado mucho. Seguía teniendo el mismo sofá descolorido, el mismo retrato familiar torcido colgado demasiado alto sobre el televisor. Las cortinas estaban corridas, dejando pasar solo finos rayos de luz a través del encaje polvoriento.
Me dejé caer en el sillón marrón, ese que rechinaba al sentarme, apretando las manos para no caerme. El corazón me latía a mil por hora.
Mi madre estaba de pie frente a mí, con los brazos cruzados, mi mirada recorriéndome lentamente. Como si es