Estaba en la mesa cuando la vibración del teléfono me sobresaltó tanto que casi se me cae en el plato del desayuno. Apenas había terminado de comer, con el sabor del café y los panqueques aún presente en mi lengua, cuando el nombre de Scott apareció en la pantalla. El corazón me latía con fuerza.
Tragué saliva y me llevé el teléfono a la oreja.
—¿Hola, Scott?
Su voz sonó cálida y directa, como siempre. —Mi querida Sabrina.
Fue su tono tranquilo lo que me puso inmediatamente en alerta. —Sí, Scot