Desde aquella breve lección de manejo, Ace había cambiado.
No era sutil, sino deliberado, obvio y casi cruel en su silencio. Actuaba como si yo no existiera. Se acabaron las sonrisas largas, los comentarios burlones, los toques furtivos. Ni siquiera las miradas.
Pensé que lo agradecería. Pensé que la ausencia de su audacia me traería paz. Pero en cambio, era como estar sentado en una habitación con una tormenta eléctrica flotando fuera de la ventana, tranquilo por ahora, pero cargado de tensión