La luz de la mañana entraba suavemente en el invernadero, calentando el suelo de baldosas y los altos ventanales que daban a los jardines. Me había escondido allí con otro libro que no estaba leyendo. La verdad era que me gustaba estar allí porque podía ver las flores meciéndose con la brisa, y a veces, con suerte, veía a los jardineros trabajando en silencio, moviéndose como sombras a la luz del sol.
Me sentía como en un lugar seguro, lejos del bullicio de los pasillos principales. El Sr. Scot