Él me hizo entrar en su auto y me senté en el asiento del copiloto mientras él me decía cómo debía actuar con el señor Sauzza, y sobre todo, que nunca lo contradiga si amaba mi cabeza.
Mientras conducía por las oscuras y solitarias carreteras, no pude evitar romper el incómodo silencio.
—Vladimir, ¿de verdad piensas que voy a hacer todo lo que ese criminal me diga sin protestar? —pregunté con una pizca de enojo en mi voz.
Vladimir suspiró y me miró de reojo.
—Angie, entiendo tus dudas y resiste